Cantuña y el Atrio de las Mil Piezas

Enfoque

La procrastinación (dejar las cosas para después) y el valor del esfuerzo honesto frente a los atajos fáciles y tramposos.

La historia

Francisco Cantuña no era un constructor cualquiera; era el arquitecto más hábil y soñador de todo Quito. Tenía manos que convertían la piedra en arte y una sonrisa que contagiaba a todos en la Plaza de San Francisco. Sin embargo, Cantuña tenía un pequeño gran problema: le encantaba distraerse.

Si pasaba una banda de pueblo, Cantuña dejaba el martillo para bailar. Si un amigo le contaba un chiste, pasaba horas conversando. Así, entre risas y descansos, se le olvidó lo más importante: ¡tenía que terminar el atrio de la iglesia de San Francisco antes de que saliera el sol del día siguiente! Si no lo lograba, los monjes franciscanos no le pagarían, y peor aún, perdería su reputación y tendría que ir a la cárcel por incumplimiento.

Cayó la noche y el frío de los Andes caló en los huesos de Cantuña. El atrio estaba lleno de piedras desordenadas y montones de arena.
—¡Ay de mí! —se lamentó, sentándose sobre un bloque de granito—. He dejado todo para el final. Ni con cien ayudantes terminaría esto.

De repente, una nube de humo rojo con olor a azufre (y un poquito a chicle quemado) apareció de la nada. De entre las sombras surgió un hombre alto, vestido con un traje impecable color vino tinto y un sombrero de copa. Tenía una sonrisa demasiado blanca y unos ojos que brillaban como pantallas de celular en la oscuridad.

—Buenas noches, mi querido Cantuña —dijo el extraño con voz suave—. Soy el Señor de los Atajos. Veo que estás en apuros. ¿Mucha tarea acumulada? Yo puedo solucionarlo.

—¿Quién es usted? —preguntó Cantuña temblando.

—Digamos que soy una «aplicación» mágica —bromeó el extraño—. Te propongo un trato: yo y mi ejército de diablillos constructores terminaremos este atrio antes de que suenen las campanas del amanecer. A cambio, solo pido algo pequeño… tu firma aquí, entregándome tu alma. No sentirás nada, solo perderás tus ganas de soñar.

Cantuña, desesperado por el miedo al fracaso, aceptó. Pero mientras el Señor de los Atajos chasqueaba los dedos, Cantuña sintió un nudo en la barriga.

De inmediato, miles de pequeños seres rojos, que parecían caricaturas traviesas y brillantes, brotaron del suelo. Se movían a una velocidad increíble: ¡Zas, pum, clac! Colocaban piedras, mezclaban cemento y pulían baldosas como si fueran impresoras 3D súper rápidas.

La obra avanzaba, pero Cantuña se sentía vacío. Veía cómo el trabajo se hacía sin su esfuerzo, sin su cariño. «Esto es trampa», pensó. «Si no lo hago yo, no tiene valor. Además, ¡no quiero perder mis sueños por ser perezoso!».

Faltaban solo unos minutos para el amanecer. El atrio estaba casi listo, brillando bajo la luz de la luna. El Señor de los Atajos se acercaba victorioso para reclamar el alma de Cantuña.

Entonces, al constructor se le ocurrió una idea brillante. Mientras los diablillos ponían las últimas hileras, Cantuña se acercó sigilosamente a un muro, sacó una piedra pequeña pero clave, y la escondió bajo su poncho.

—¡Terminado! —gritó el Señor de los Atajos justo cuando el primer rayo de sol iluminaba el Pichincha—. ¡El atrio está completo! ¡Tu alma es mía!

Cantuña, con el corazón latiendo a mil, señaló el muro.
—Mire bien, Señor de los Atajos. El contrato decía «terminado», completo y perfecto.

El extraño miró y sus ojos se abrieron como platos. Faltaba una piedra. Una sola piedra dejaba un hueco horrible en la obra perfecta.

—¡Rápido, pónganla! —ordenó a sus diablillos.
Pero en ese instante, las campanas de la iglesia repicaron anunciando la mañana: ¡Tan, tan, tan! El plazo había vencido. El hechizo se rompió.

El Señor de los Atajos, furioso por haber perdido por un detalle técnico, se disolvió en una nube de humo, llevándose a sus diablillos chillones.

Cantuña respiró aliviado. Sacó la piedra que tenía guardada, tomó su mezcla y, con sus propias manos, la colocó en su lugar. Esa última piedra fue la que más le costó, pero fue la que le hizo sentir más orgulloso.

Reflexión para los niños

Esta historia nos enseña que dejar las cosas para el último momento nos mete en problemas grandes, haciéndonos buscar soluciones fáciles o tramposas que no nos hacen sentir bien. Como Cantuña, a veces queremos que una «magia» haga nuestra tarea, pero la verdadera satisfacción viene de hacer las cosas con nuestro propio esfuerzo. ¡Ah! Y recuerda: siempre revisa los detalles, a veces una pequeña «piedra» puede salvarte el día.

Adaptación realizada por:

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