En el pueblo de Limones, donde el río Santiago abraza al mar, vivía Jairo, un niño que soñaba con ser una estrella de pop internacional. Jairo ya no quería escuchar las historias de su abuelo sobre el «Bambuco» o la «Andarele»; él prefería usar audífonos grandes que cancelaban el ruido del mundo y practicar bailes que veía en internet, ignorando el sonido de la marimba que retumbaba en la plaza.

—¡Jairo! —le decía su abuelo mientras golpeaba suavemente el cuero de un cununo—. El ritmo está en tus pies, hijo. No lo busques en una señal de satélite, búscalo en tu sangre.
Jairo solo rodaba los ojos. —Eso es de antes, abuelo. Ahora lo que importa es lo que es tendencia en el mundo.
Una tarde, mientras Jairo buscaba un lugar solitario en el manglar para grabar un video de baile, escuchó un sonido que lo dejó frío. No era música de su teléfono. Era un canto hermoso, una voz de mujer que entonaba un arrullo tan dulce que Jairo sintió que sus pies se movían solos.
—¿Es un nuevo remix? —se preguntó, siguiendo la voz hacia lo más oscuro del bosque.

De pronto, entre la bruma del estero, apareció ella. No era el monstruo de las pesadillas; era una mujer imponente, con un vestido de encaje blanco que brillaba como la luna y una pierna de molinillo que, al golpear el suelo, sonaba como el más perfecto de los tambores. Era la Tunda, la guardiana de la identidad.
—Bailas bien, Jairo —dijo la Tunda, rodeándolo con un olor a esencia de vainilla y monte—. Pero bailas como alguien que no tiene sombra. Estás imitando pasos de otros, mientras tus propios pasos están llorando de soledad.

La Tunda empezó a cantar y, con cada nota, el manglar cobraba vida. Jairo intentó seguir su ritmo, pero se tropezaba. Se dio cuenta de que no conocía la cadencia de su propia tierra. La Tunda no lo castigó; lo «entundó» con música. Lo rodeó de visiones de sus ancestros, de los pescadores que cantaban para que el mar les diera comida, de las mujeres que lavaban ropa en el río contando secretos.
—Si olvidas de dónde vienes, Jairo, te perderás en cualquier camino —sentenció la Tunda—. La verdadera «tendencia» es ser tú mismo, con toda la historia que llevas dentro.
Jairo sintió un calor en el pecho. Por primera vez, entendió que la música de su abuelo no era «vieja», era su escudo y su orgullo. La Tunda sonrió, le entregó una pequeña semilla de tagua y, con un giro mágico, lo devolvió a la plaza del pueblo.

Esa noche, Jairo no se puso los audífonos. Se acercó a su abuelo, tomó las baquetas y, por primera vez, dejó que el ritmo de la marimba guiara sus pies en un baile que no estaba en internet, sino en su alma.