En el tradicional barrio de San Juan Calle, en Ibarra, donde el viento de la noche a veces silba canciones antiguas, vivía Carlitos. Carlitos era un niño de diez años con una imaginación tan grande como el volcán Imbabura, pero esa misma imaginación a veces le jugaba malas pasadas. Mañana era el gran concurso de oratoria en su escuela y Carlitos estaba aterrorizado. Sentía un nudo en la panza y su corazón latía tan fuerte que parecía un tambor desafinado.

—No podré hacerlo, se van a reír de mí, se me va a olvidar todo —susurraba Carlitos, escondido bajo sus cobijas, aunque no hacía tanto frío.
El reloj de la iglesia marcó la medianoche. Fue entonces cuando lo escuchó. Al principio, pensó que era su propio corazón asustado: Tun… tun… tun… Pero el sonido venía de afuera. Era un golpe seco, ronco y profundo, acompañado de un chirrido extraño, como de ruedas de madera vieja rodando sobre piedras.
Carlitos recordó lo que su abuela le contaba: «Es la Caja Ronca, mijo. Una procesión que sale cuando la duda y el miedo llenan el aire». La leyenda decía que si los mirabas, te llevaban con ellos. Pero Carlitos, impulsado por una curiosidad más fuerte que su miedo, se deslizó hacia la ventana.

Al descorrer la cortina, vio algo increíble. La calle no estaba oscura; estaba bañada en una niebla azul brillante. Una procesión de encapuchados flotaba sobre el suelo. No tenían pies. Llevaban velas largas que no se apagaban con el viento. Y al frente, un ser enorme golpeaba un tambor viejo y destartalado: La Caja Ronca.
Carlitos tembló. El líder de la procesión, un encapuchado alto con ojos que brillaban como luciérnagas, se detuvo justo frente a su ventana. Alzó su mano huesuda y, atravesando el vidrio como si fuera agua, le entregó a Carlitos una de las velas gigantes.

—Guarda esto —dijo una voz que sonaba como hojas secas—. Es el peso de tu miedo. Si no lo sueltas antes del amanecer, te pesará para siempre.
La procesión siguió su camino, tun, tun, tun, hasta desvanecerse en la esquina. Carlitos se quedó con la vela en la mano. Era pesada, fría y oscura. Sentía que cargaba con una roca gigante. «Es mi miedo al concurso», pensó. «¿Por qué pesa tanto?».
Se sentó en su cama, mirando esa «vela» tenebrosa. Respiró hondo. Recordó lo que su mamá le decía: «El miedo es solo una sombra; si le pones luz, desaparece». Carlitos cerró los ojos y empezó a repasar su discurso. Con cada palabra que recordaba, con cada frase que pronunciaba con valentía en la soledad de su cuarto, sentía que el objeto en su mano se calentaba y se hacía más ligero.
Pasó la noche enfrentando su ansiedad, practicando, diciéndose a sí mismo: «Yo puedo, yo sé, yo soy valiente».
Cuando el primer rayo de sol cruzó los Andes e iluminó su habitación, Carlitos abrió los ojos. Miró su mano esperando ver la vela macabra o el hueso de muerto que decían las leyendas antiguas. Pero no había nada de eso. En su mano, sostenía firmemente su lápiz favorito, el que usaba para escribir sus cuentos.

El peso había desaparecido. La «Caja Ronca» no era más que el eco de sus propias dudas, y al enfrentarlas, se habían convertido en la herramienta para su éxito. Carlitos sonrió, guardó su lápiz y salió listo para ganar ese concurso.