El Gallo de la Catedral

Enfoque

El respeto a los vecinos y el valor de la humildad (Convivencia Ciudadana).

La historia

En el Quito de hace muchos años, cuando las farolas se encendían con velas y el viento olía a chocolate caliente, vivía un hombre llamado Don Ramón Ayala. Don Ramón era muy rico, tenía un bigote perfectamente peinado hacia arriba y unos zapatos que brillaban tanto que podías ver tu reflejo en ellos. Pero tenía un gran problema: su ego era más grande que el Panecillo.

Don Ramón creía que, por tener monedas de oro, era mejor que todos sus vecinos. Al caminar por las estrechas calles, en lugar de decir «buenos días», se burlaba de la ropa de los demás o criticaba el trabajo de los artesanos. Su mayor falta de respeto ocurría cada tarde frente a la Plaza Grande.

—¡Miren esa iglesia vieja! —gritaba Don Ramón, señalando la Catedral—. ¡Y miren a ese gallito de lata que corona la torre! ¡Es un pájaro ridículo! ¡Yo soy el único gallo que manda en esta ciudad!

Los vecinos bajaban la mirada, entristecidos por la grosería de Don Ramón. «Las palabras son como plumas al viento, Don Ramón, una vez que salen, no las puedes recoger», le advertía la anciana que vendía colaciones. Pero él solo se reía con una carcajada ronca y pesada.

Una noche, después de una fiesta donde se había jactado de ser el hombre más valiente del mundo, Don Ramón regresaba a su casa. La neblina quiteña bajaba del volcán Pichincha, cubriendo la ciudad con una manta blanca y fría. Al llegar frente a la Catedral, Don Ramón se sintió más arrogante que nunca.

—¡Oye, gallito de juguete! —gritó desafiante—. ¡Baja si te atreves! ¡Te apuesto mis zapatos de charol a que no eres más que un pedazo de fierro oxidado!

De pronto, el silencio de la noche se rompió con un crujido metálico: ¡Creeeek!

Don Ramón se frotó los ojos. El gallo de la veleta, que siempre miraba al norte, giró su cabeza hacia él. Con un movimiento elegante, el ave de hierro batió sus alas y, envuelta en un destello de luz dorada, descendió del cielo como una estrella fugaz. Al aterrizar en el empedrado, el gallo no era pequeño; era un ave majestuosa, con plumas que parecían hechas de espejos y ojos que brillaban como carbones encendidos.

—¿Así que tú eres el que no sabe respetar a sus vecinos? —preguntó el Gallo con una voz profunda que hizo vibrar el suelo.

Don Ramón sintió que sus rodillas se convertían en agua. Aquella valentía de la que tanto presumía desapareció en un segundo.
—¡Ay, señor Gallo! —tartamudeó, intentando esconderse tras su propia sombra—. ¡Era solo una bromita entre amigos! ¡Yo respeto mucho a todo el mundo!

—Mentir es peor que insultar, Ramón —dijo el Gallo, acercando su pico afilado al bigote del hombre—. Tu soberbia ensucia el aire de este barrio. El respeto no se compra con monedas, se gana con el corazón. Prométeme que, desde hoy, tratarás a cada persona y a cada rincón de esta ciudad con la dignidad que merecen.

—¡Lo prometo! ¡Lo juro por mi abuelita y por todas las humitas del Ecuador! —gritó Don Ramón, cerrando los ojos con fuerza.

Cuando volvió a abrirlos, el gallo había desaparecido. Allá arriba, en la torre más alta, la veleta de hierro descansaba bajo la luz de la luna, mirando al horizonte en silencio.

Don Ramón nunca volvió a insultar a nadie. Se convirtió en el vecino que ayudaba a cruzar la calle, el que saludaba con amabilidad y el que, cada vez que pasaba frente a la Catedral, hacía una pequeña reverencia y decía en voz baja: «Buenas noches, Don Gallito, gracias por la lección».

Reflexión para los niños

A veces, cuando nos sentimos muy seguros de nosotros mismos, podemos olvidar que los demás también son importantes. Don Ramón aprendió que la verdadera grandeza no está en burlarse de otros para sentirse superior, sino en ser amable y respetuoso. Tus palabras tienen el poder de hacer del mundo un lugar más bonito o más triste. ¡Elige siempre las palabras que construyan puentes!

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